1.- Reconocemos
a Dios:
Reconocemos la
grandeza de Dios. Esto significa que como ya conocemos que Dios es
grande, lo hacemos de nuevo. Volvemos a hacer presente lo que ya
conocemos.
Hacemos presente a
Dios en nuestra vida. No pensamos en Dios como algo histórico que ya
pasó sino en Dios como Eterno, y por tanto presente en el “ahora”,
lleno de gloria y majestad.
(La alabanza consiste en piropear a Dios, en apreciar en Él las
maravillosas cualidades que Él tiene).
2.- Le entregamos
nuestro amor:
La alabanza es una
ofrenda a Dios. Es algo nuestro que le ofrecemos a Dios. Desde
nuestra pobreza le decimos “Señor, yo también tengo algo precioso
que ofrecerte”. Y es que el Señor ama nuestra pobre alabanza, que
brota del corazón (como la del pobre publicano que se sentía
pecador ante el Señor).
Es decirle yo te amo.
Tu has tenido misericordia de mi. Y todo lo que expresamos con fe,
Dios lo acoge.
3.- Acogemos
Su gracia:
-No acudamos al grupo
con actitud pasiva, pensando a ver que recibimos hoy. No tengamos la
actitud de un pedigüeño. La alabanza es diferente de la oración de
petición.
-Alabando no
establecemos relaciones en una sola dirección con Dios, sino de
doble dirección.
Al ir entrando en la
alabanza establecemos un vínculo intimo con Dios. Primero le decimos
“Tú me has creado, me has salvado porque me amas y yo también te
amo” pobremente, miserablemente, con nuestras pobres palabras.
Entonces Dios no se deja ganar por nosotros, pues si nosotros le
damos un poquito de nuestro corazón, Él nos da muchísimo más y
nos llena con su gracia.
-En la alabanza yo no
le pido, sino que le doy a Dios lo que tengo en cada momento. Y Él
siempre nos devuelve su gracia. Alabando de corazón siempre
recogeremos a cambio algo de Dios.
4.- Alabamos tal
como nos encontramos en cada momento:
-No asociemos la
alabanza con el estado de ánimo. No pensemos que alabamos porque
todo nos vaya bien, o porque seamos felices ni porque estemos
sintiendo la gracia de Dios.
-Básicamente
alabamos a Dios porque le amamos. Le expresamos nuestro amor.
-Dios esta siendo
siempre bueno conmigo incluso cuando no lo entiendo o no lo veo en mi
vida.
-Pues igual que Él
es fiel conmigo y está siempre esperándome yo también quiero serle
fiel, desde mi pobreza, con el ánimo que tenga en el corazón en
cada momento.
Que buena es esa
alabanza que se levanta por encima del sufrimiento y del cansancio,
pero que expresa palabras de amor hacia el Señor. Y entonces
sentimos como Él nos acoge tal como estemos, en cada momento.
5.- Dejamos el que
Espíritu Santo fluya en nosotros:
-La alabanza no es
rígida ni preparada: es guiada por el Espíritu Santo. Por lo tanto
hay que “sumergirse” en el Señor para alabar.
Dejando el afán, el
agobio, la preocupación del día, entramos en Tierra Sagrada, en la
Zona de mi Encuentro con Dios. Con el pensamiento de que todo es para
Él.
(Y al salir de la
oración puedo observar cómo nuestro nivel de agobio es mucho menor
que cuando hemos entrado.)
-No hagamos una
oración intelectual (desde la cabeza). Dejemos que el Espíritu
Santo de Dios fluya en nosotros.
6.- Establecemos
una relación personal con el Señor:
A veces uno está tan
metido en la alabanza que el la relación establecida con el Señor
ya no sentimos a los demás. Parece que estamos solos con el Señor.
Y es que la alabanza
nos saca de nosotros mismos. Las murallas caen y podemos sentir esa
relación personal con Dios.
Salimos de nosotros
mismos y experimentamos que hay más vida que mirarnos sólo el
ombligo y que Dios está presente en nuestras vidas, aunque no lo
estábamos sintiendo hasta ese momento.
7.- Construimos la
alabanza entre todo el grupo, y construimos comunidad:
La alabanza es una
oración que construimos entre todos. Y por eso nos ayuda a tener
mayor sensación de comunidad. Nos hace sentirnos comunidad con los
demás. Nos hacemos uno. Nos alimentamos con la alabanza de los otros
y también los demás de nuestra alabanza.
Todos estamos
llamados a construir comunidad. Debemos ser partícipes en la
alabanza, la oración es algo nuestro que entregamos a Dios, es una
ofrenda a Él y también a los hermanos.
Aunque es bueno que
alguien dirija la alabanza todos debemos participar alabando todos
juntos al señor y sentirnos vivos construyendo comunidad.
Los que oran juntos,
permanecen juntos. Cuando se pierde la alabanza conjunta también se
pierde ese espíritu comunitario.
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